miércoles, 27 de junio de 2012

El ocaso de Dios


Dios ha muerto. Ese era el mensaje de Nietzsche hace casi 130 años. Pero es ahora cuando este mensaje se hace más cierto que nunca.
Es indudable que la importancia de la religión ha ido en picado en la sociedad moderna y ahora se enfrenta a una desesperada lucha por sobrevivir y conseguir un papel en la sociedad moderna capitalista.
Sin embargo, los ideales religiosos no se están viendo remplazando por una ética atea sino por un agnosticismo peligroso, que se está convirtiendo en una de las señas de identidad de la sociedad contemporánea.
Y digo peligroso, porque los ideales que transmite son extraordinariamente competitivos y defienden el derecho de cualquiera a tomar lo que sea cuando le venga en gana.
Las utopías religiosas cayeron hace tiempo y no hace tanto el sueño socialista se desplomó con la lacra del recuerdo estalinista y el oscuro pasado del gulag. En su lugar, se está instaurando un nihilismo indiferente a cuanto le rodea y que niega cualquier sentido a la existencia humana.
La realidad neoliberal ha desterrado también los sueños existencialistas y racionalistas que creían que el hombre moderno iba a ser cultural e intelectualmente superior al hombre de otras épocas.
En una sociedad en la que la lucha de clases casi se ha extinguido, y los ideales reivindicativos se resquebrajan y acumulan telarañas, la cadena de producción vertiginosa y el ritmo de consumo, también frenético se han convertido en el motor de una de las sociedades más indiferentes a la realidad exterior.
Sin embargo, en los países árabes el fanatismo religioso se acentúa y el Islam empieza a caracterizarse como una religión no demasiado comprensiva para con ateos o creyentes que profesen otra fe.
Lejos de ser una religión constructiva, el fanatismo religioso islámico atemoriza al mundo y le hace mirar con cautela a los países que profesan el Islam de manera más radical.
Tras lo que parecía el fin de la burguesía acomodada y rentista las clases sociales superiores se han colocado en el poder ante una asombrosa indiferencia ciudadana.
Se abre para occidente una nueva era en la que será, como poco interesante, observar como se adapta a nuevos problemas sin un ideario político claro, sin un objetivo a largo plazo mas que la supervivencia económica y sin unos valores éticos, ya laicos o religiosos.
En toda Europa, tras ese periodo de bonanza económica en el que todavía no conocíamos las proporciones de la que nos iba a car, se descubren cada día nuevos casos de cohecho y de abuso del poder de los cargos políticos, repartidos alegre y despreocupadamente.
Y a la cabeza de la caída están, como no, los medios de comunicación, la mayoría de los cuales han optado por anunciar todos los días la caída de Europa, el fin del mundo o cualquier noticia de dimensiones similares; supongo, con la pretensión de acertar a la larga.
Con medios cada vez más demagógicos y flagrantemente manipulativos, periódicos y televisión parecen disputarse el honor de haber advertido el día del juicio sin prueba alguna, lo cuál ahora parece ser el culmen de la carrera de cualquier periodista que se precie.
Al menos, el pueblo empieza a reclamar, con cierto retraso, el poder que democráticamente le corresponde ante la indiferencia de unos dirigentes políticos indiferentes y que la crisis sufrirla, la sufren poco.
Y en todo este circo tampoco falta la propia crisis literaria. Con la progresiva best sellerización del género ya cuesta encontrar un libro sin suspense y que requiera un mínimo esfuerzo mental para su lectura.
En esta época más nos valdría leer a Marx o a Ortega y Gasset, que sin tener en cuenta su ideología política eran críticos de la sociedad, antes que al omnipresente Dan Brown.
La lectura de este último merece de un análisis interesante ya que es un buen ejemplo de la clase de literatura que se comercializa hoy al por mayor, si bien en el principio de su novela Ángeles y Demonios parece destilar cierto sentido crítico y cierta rebeldía para con el sistema, al final de la trama nos encontramos con un protagonista mucho más concienciado de la realidad, y que, como no, resulta ser un fiel amante del statu quo.
Sin embargo, literatura y cine han entrado de la mano en una crisis de imaginación en la que, aunque despuntan destellos de obras realmente buenas también existe la eterna sombra de la globalización que se ha extendido por todos los ámbitos de nuestra vida.
Realmente la globalización no es una aldea global, ni un pueblo mundial, ni ninguna de esas tonterías que nos dicen para que nos creamos que ésta es una época mucho más deslumbrante que las anteriores.
Realmente, esta época es una pobre realmente parecida a las anteriores: existen pobreza, dictaduras, genocidios y demás catástrofes derivadas de la necesidad humana de imponer su orden al del resto.
Sien embargo, Occidente es democrático, rico y relativamente respetuoso para con los derechos humanos, por lo que los que allí vivimos nos alegramos de haber nacido aquí y tratamos de cerrar a los ojos a la realidad exterior.
Cuando en el estado del bienestar irrumpe abruptamente una imagen del mundo exterior, sentimos un ramalazo de pena y conmiseración y lo olvidamos unos segundos después en un fascinante ejemplo de hipocresía social generalizada.
La globalización surgió como un deseo de parecerse al gigante estadounidense, lo cual nunca he comprendido ya que no veo mérito alguno en parecerse a un gigante mundial líder en la superficialidad, el poderío militar, el genocidio indiscriminado y demás maravillas que en el último siglo se han hecho propias de la cultura yankee.
Mientras los países orientales se hallan en la cumbre de su potencial, Europa y el mundo occidental parecen condenados a varios años más de crisis económica.
Ante las crisis cíclicas capitalistas la única solución parece ser que Occidente constate que existen alternativas democráticas reales a la banca, la usura y el neoliberalismo.

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